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La gran ola de Lucas García

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Cuando el padre de Lucas García decidió comprar un patinete a su hijo que por aquel entonces contaba con cinco años de edad, no sabía lo que hacía. Fue el primer artilugio que permitió a este enamorado de los espacios abiertos comenzar a deslizarse, a surcar el espacio sin tocar directamente el suelo, una práctica que ya nunca abandonó y sin la que sería incapaz de vivir. Del skate, incipiente deporte entonces saltó al ski y de las nieves de Pajares en las que llegó a coronarse como campeón de Asturias en diferentes modalidades a las pistas de hockey, donde unos patines le hacían subir la adrenalina mientras trataba de meter la bola en la portería contraria.

Pero, a Lucas, lo que le gustaba era la playa. En su Salinas natal, el verano se pasaba entre arena y salitre, con chanclas y bañador, con bocadillo de media tarde y las advertencias de un padre que no quiere ver a su hijo pasando apuros en el agua. La arena de esta playa no permitía entonces mucho deslizamiento, pero quedaba aún la frontera de mar y tierra, ese punto en el que mueren las olas que sirvió a este ahora joven de 36 años, veterano de mil batallas, para conocer los primeros placeres que puede ofrecer la fuerza del Cantábrico. Fue con un correolas, esas pequeñas tablas de madera de escasa flotabilidad con las uno puede deslizarse sobre las olas si antes coge el suficiente impulso. Le enganchó. Tanto que su hermano y él lograron que su abnegado padre les comprase uno de los primeros ‘paipos’ que se veían por Salinas.

Para poder utilizar primero este invento y luego las tablas de surf, tuvo que rebajar la marca de tiempo que su progenitor le impuso nadando 100 metros en una piscina. Superada la prueba con la competitividad que caracteriza la forma de ser de Lucas, sólo quedaba meterse en el agua con aquellos todavía extraños artilugios para, por el método del ensayo y el error, aprender a dominar el mar.

Desde esta historia han pasado ya 20 años en los que este hombre de sonrisa impertérrita y cara siempre morena, ha surcado las olas de medio mundo en una carrera que le llevó a conocer las dos caras históricas del surf, la de unos hipies que disfrutaban cogiendo olas y haciendo fiestas en la playa y la de unos profesionales del deporte que entrenan con disciplina militar y se acuestan con Casimiro antes de una competición.

Las dos han contribuido a forjar su carácter. Juerguista reconocido, no quiere desvelar ninguna de las miles de anécdotas que vivió durante los cientos de competiciones a las que acudió desde los 17 años. Lo que sí cuenta es el momento en el que decidió que el surf se iba a convertir en su medio de vida. «Fue con unos veinte años. Mis padres me preguntaron que qué iba a hacer de mi vida, estudiar o trabajar. Yo les dije que iba a hacer surf». Y así, Lucas comenzó a ganar torneos y algo de dinero, se compró una furgoneta, se hizo con la representación de una marca de ropa del gremio y se dedicó a vivir una vida que muchos querrían para sí. Unos meses enseñando los muestrarios de ropa a clientes y amigos clientes que poseían tiendas por todo el Cantábrico, pero siempre con el tiempo suficiente para irse con ellos a disfrutar de las olas; y un semestre de competición que empezaba en Tapia y le llevaba a la Bretaña Francesa o a Las Canarias y, apenas sin descanso, porque nunca desaprovechaba una propuesta de viaje invernal a la costa lucense, y vuelta a empezar.

Años felices en los que nunca dejó de progresar ni de aprender, que pueden ser cosas distintas. Progresar, porque de todos los competidores con los que se medía y se mide siempre se coge algo. Y de aprender que en la vida uno tiene que saber elegir entre placer y deber para poder ir quemando las etapas que llevan al campeonato de Europa o al subcampeonato del mundo por equipos, dos de los muchos títulos que atesora este chico que siempre ha querido ser el mejor.

Más de doce años de alta competición con muchas recompensas, como los viajes pagados por revistas a sitios tan exóticos como Sudáfrica o Indonesia con el único objetivo de encontrar buenas olas y sacar la mejor fotografía. Recompensa también fue el ser nombrado seleccionador nacional de surf, una tarea no demasiado complicada para alguien que vivía con pasión la competición y que aún aprieta los dientes en un torneo «sobre todo si hay pasta por el medio».

Pero, la vida le ha dado un nuevo regalo que ha hecho que Lucas García no se preocupe tanto de las competiciones y de las horas de furgoneta en busca de diversión sobre las olas. El regalo se llama Lucas y tiene tres años y medio. Su llegada al mundo supuso la búsqueda de una estabilidad que ha encontrado trabajando en la fábrica de Linpac, en Pravia. Un trabajo a turnos que le permite seguir disfrutando de la pasión que nació cuando su padre decidió comprarle un patinete.

Fuente: elcomerciodigital.com

7:00 Mayo 24th, 2010 por surfglassy
 
 
 

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